El mito del cambio

31 03 2011

Por:  javiermalagon.

Todo está cambiando”, “todo está en movimiento”, “todo es impermanente”, “todo fluye”…

Estas y otras expresiones similares se repiten a través de los medios de comunicación, de las universidades, de las escuelas de negocios, de los nuevos enfoques del management, de los libros de autoayuda y espiritualidad, de los gestores de políticas públicas y de las conversaciones cotidianas.

En consecuencia, harás mal si te resistes al cambio y no asumes que tienes que cambiar tantas veces como sea necesario. Reinventarte una y otra vez, como dicen algunos, no sólo para prosperar sino, incluso, para sobrevivir.

El sociólogo polaco Zigmunt Bauman (Poznan, 1925) acuñó la expresión “modernidad líquida” para referirse a este estado de conciencia de masas, propio del capitalismo de la era postindustrial y de la sociedad de consumo, por oposición a la “modernidad sólida” característica de la época industrial y de sus instituciones sociales hasta la década de los 70 del pasado siglo.

Pero cabe preguntarse ¿hasta qué punto esta percepción del cambio permanente y absoluto es real? ¿no tendrá algo de construcción ideológica en el peor de los sentidos, es decir, en cuanto que oculta otros aspectos de la realidad?

Desde luego, no se trata de negar que la realidad es cambiante y que para sobrevivir y desarrollarse la adaptación, hasta cierto punto, es imprescindible. Así ha sido siempre. La filosofía, la historia y la ciencia ya han dado cuenta de ello sobradamente.

Sin embargo, el discurso  de nuestros días basado en el “todo cambia, nada permanece” no considera suficientemente el hecho, lógico y verificable, de que hay realidades que son más estables que otras, de que no todo cambia al mismo ritmo ni en la misma dirección y de que, al mismo tiempo que unos fenómenos cambian deprisa, otros refuerzan su estabilidad.

Y que la búsqueda de estabilidad por parte de las personas no es un error psicológico, sino una necesidad derivada de su naturaleza.

Sin embargo, vivimos tiempos en los que parece que esta banal apreciación no es tan evidente.

Da la sensación de que el cambio permanente se eleva a la categoría de absoluto indiscutible, justificando de paso el cuestionamiento de las estructuras sociales que dan estabilidad y seguridad a la vida de millones de personas (las instituciones religiosas, por ejemplo; pero también el Estado del Bienestar, el trabajo estable y bien remunerado, la confianza en las personas y en las instituciones, la seguridad jurídica, los Derechos Humanos -Guantánamo mediante-…).

Sencillamente, la “dinámica de los mercados” impone que nada pueda permanecer estable, salvo la lógica hipercompetitiva (Lipovetsky) de producción, consumo, acumulación y beneficio que rige el modelo económico capitalista.

En mi opinión, es poco inteligente -para cualquier cosa en la vida-, asumir de forma dogmática y sin matices que todo está en movimiento, que todo cambia y que, por ese motivo, también nosotros tenemos que estar abiertos permanentemente al cambio.

Esta visión del mundo, que hasta hace poco formaba parte de la mentalidad liberal, progresista e, incluso, de izquierdas creo que es hoy, sencillamente, una consigna simplificadora de la realidad, alienante y hasta reaccionaria.

Por el contrario, sin cuestionar el dinamismo consustancial a la realidad, pienso que lo inteligente es llegar a apreciar:

a) qué fenómenos están cambiando más deprisa que otros; b) en qué distintas direcciones, a veces contrapuestas, se manifiestan los cambios; c) qué fenómenos se mantienen altamente estables, aunque permanezcan ocultos o no se aprecien a simple vista; y d) cómo las dinámicas de cambio y los mecanismos de estabilidad se articulan en todo sistema para intentar asegurar su continuidad estructural, aunque no siempre lo consiga.

El pensamiento crítico pasa hoy por cuestionar el mito del cambio. Para ayudar a las personas, a las organizaciones y a la sociedad a cambiar en su propio beneficio, no se puede perder de vista la importancia de que puedan ser capaces de conjugar, de forma complementaria y sinérgica, cambio y estabilidad.

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