Sentido de pertenencia hacia la empresa: ¿Un valor contradictorio?

16 08 2010

Autor: Félix Socorro

Clima laboral

Desde que se consideró como una exigencia de la administración moderna

decretar la visión y misión de la empresa, hacer lo propio con los
valores de no tardó en convertirse en un requisito sine qua non para
completar las bases de cualquier organización y así modelar el
comportamiento esperado de quienes la hacen posible, como parte de las
herramientas que se requieren para alcanzar los objetivos deseados.

Son muchos los valores que se decretan y por ende se definen, los cuales
van desde la honestidad y el comportamiento ético, hasta la importancia
que han de poseer los accionistas y el talento humano en la empresa.

Pero hay un valor en particular que merece atención y cuidado y, al
parecer, es uno de los que más se listan en las empresas que quieren
impulsar el compromiso –en el sentido tradicional de la expresión– de su
gente. Y se trata del conocido “sentido de pertenencia”.

El “sentido de pertenencia” sugiere, en casi todas sus definiciones, que
todo cuanto existe en la empresa le pertenece a todos y por lo tanto
deben los empleados sentirse dueños, propietarios y hasta accionistas de
la firma donde prestan sus servicios. Esto se hace por una sencilla
razón: si los colaboradores sienten a la empresa como suya procurarán lo
mejor para ella pues difícilmente se “muerde a la mano que nos da de
comer”.

De acuerdo al Dr. Amauri Castillo “El sentido de pertenencia fortalece
el sentimiento de que todos somos uno, que es como decir que (…) todos
nos pertenecemos mutuamente y por tanto debemos (…) socorrernos
mutuamente”; esto cuando aplica a la sociedad.

En lo que respecta a la empresa, puede leerse en Gestiópolis.com, en el
“diccionario de competencias genéricas” de UCH – RRHH, el portal de los
estudiantes de RRHH; que el sentido de pertenencia “se refiere a
defender y promulgar los intereses de las organizaciones donde se labora
como si fueran propios”.

Si bien es cierto que cuando se posee algo valioso y se está consciente
de ello se le presta mayor atención a su cuidado, se imprime mayor
esfuerzo al desarrollo y crecimiento de ese algo y, obviamente, se
defiende con interés y valentía, no es menos cierto que para que ello
ocurra la posesión debe significar un genuino beneficio para quien la
experimenta, pues de lo contrario no se genera tal conexión ni se
procura su defensa.

Las empresas que enarbolan el “sentido de pertenencia” como un valor
organizacional deben estar conscientes de que, cual un conjunto de
acciones, están dividiendo el valor de la empresa en tantas unidades
como empleados posea; esto quiere decir que los empleados son
accionistas de la empresa y por ende tienen los derechos y los deberes
que ello le concede.

Se trata de una lógica sencilla pero determinante: Si la empresa debe
ser observada como una pertenencia se debería tener derecho a cambiar
las cosas que no se comparten de ella, aquellas cosas que se consideran
que alimentan la inequidad y, obviamente, las que interfieren con las
expectativas que se poseen de ella.

Y es justo aquí donde ese valor se vuelve contradictorio; según se
declara en este valor, los empleados deben sentir los procesos, los
objetivos, las funciones y la imagen de la empresa como propios,
cumplirlos, alcanzarlos, seguirlas y mostrarlas en todo momento, pero
sin que su palabra sea considerara lo suficientemente importante como
para modificar lo que se considera medular, pues esta “facultad” no está
habilitada dentro de los parámetros del valor que la empresa pregona y
es exclusiva de sus dueños o líderes. ¿Tiene esto sentido? Pienso que
no.

La verdad es que, bajo la concepción tradicional, la empresa no
pertenece a los empleados, pues éstos deben ajustarse a las reglas y
reglamentos pre-existentes y seguir la línea que se les ha trazado. No
pueden hacer cambios a su antojo, deben respetar el orden jerárquico y
por ende están sometidos a la tutela de aquellos a quienes, por derecho,
les corresponde dictar y hacer cumplir las normas.

¿Cómo asimilar el sentido de pertenencia cuando hay cosas en la empresa
que no le pertenecen?.

Es común observar empresas cuyos estacionamientos amplios y techados
solo están dispuestos para su directiva, así como los espacios para
reunirse, comer, recibir visitas y, en algunos casos, para descansar y
relajarse; espacios que derrochan comodidad y lujo, mientras que los que
están dispuestos para los empleados carecen de tales características y
beneficios o si lo poseen no alcanzan el mismo nivel de sofisticación.
Lo mismo aplica para recompensas, reconocimientos y bonos, solo por
citar algunos elementos, los cuales suelen diferenciarse de acuerdo a la
jerarquía que se posea y distan mucho en calidad y cantidad entre los
que reciben los ejecutivos a los ofrecidos al resto del personal,
tendiendo a ser independientes al esfuerzo realizado.

Si la empresa pertenece a todos ¿por qué habría de alimentarse la
inequidad? ¿O es que acaso son solo las metas, normas y políticas que
deben ser entendidas como propias?.

Obviamente no se pretende con esta reflexión sugerir ni alentar
expresiones unilaterales que procuran generar una línea única en todos
los que hacen vida en la empresa, expresiones que de manera abrupta y
sin sentido desmantelan la estructura de la empresa y le ofrecen la
responsabilidad a las bases sin considerar sus competencias ni
capacitación, como ocurre en regímenes socialistas o seudo comunistas;
mas si se intenta develar una profunda contradicción entre lo que se
promueve y se ejecuta en las empresas que contienen dentro de sus
valores el mencionado “sentido de pertenencia”.

Si quienes dirigen a las empresas en verdad desean que sus colaboradores
las sientan como propias, deben evitar el trato desigual, las amplias y
marcadas diferencias y estimular, modelar y valorar la participación
constante entre todos los que la integran, dar justo valor al esfuerzo,
sin importar donde este se manifieste y generar el mismo bienestar y
desarrollo, en base al mérito y a la dedicación, en todas sus áreas por
igual. Deben romper los esquemas tradicionales y hacer partícipes tanto
de las ganancias como de las inversiones y gastos a su personal, de las
decisiones que pueden mantener, sostener y perpetuar el ejercicio de la
empresa o bien cambiar el rumbo y propósito de la misma, así y solo así
realmente les pertenecerá a todos y les dolerá de la misma manera en que
les alimentarán ya sean sus desaciertos o éxitos, respectivamente.

Pero para poder hacer ello debe existir un nivel de tal madurez entre
los que componen la empresa que facilite no solo la transferencia de la
posesión de la misma, sino la responsabilidad que ello significa.

La empresa no puede pertenecer a todos solo en los aspectos que a la
directiva le convenga, pues sería una posesión intermitente que
generaría confusión y con ello desapego y desinterés por la misma; es
sólo cuestión de ponerse en el lugar de quien experimente tal situación:
La empresa le pertenece cuando modela los valores que ella ha decretado
y divulgado, pero no cuando se trata de hacer cambios que le afectan de
manera directa, ya que en ese caso solo debe acatar la medida y
aceptarla.

Es por ello que la declaración del tan importante valor no puede hacerse
a la ligera, no puede hacerse si no se entiende la connotación y el
alcance del mismo, si en verdad no se está dispuesto a escuchar, dejar
participar y respetar no solo la opinión sino el deseo de quienes hacen
posible a la empresa.

De lo contrario la tenencia del “sentido de pertenencia” en el listado
de los valores de la empresa solo será una declaración hueca, lo que
hará de manera inmediata, cuando el común se percate de su
contradicción, que se dude de la veracidad de los otros valores que la
organización declara y reclama como propios, pues si en verdad ésta no
le pertenece más que a quienes la rigen, aún cuando en sus valores
expresan que todos deben sentirla como propia, ¿qué quedará para el
resto de sus afirmaciones?.

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